Trasplante sin precedentes



○ Ciencia ○


Claudia Castillo, paciente



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Científicos en España llevaron a cabo el primer trasplante usando la técnica de ingeniería de tejidos con el fin de colocarle una tráquea a una paciente que aportó sus propias células madre.


“ Era una mujer enferma, ahora podré vivir una vida normal “. Claudia Castillo, paciente del transplante


El logro tecnológico también significa que por primera vez el trasplante de tejidos puede ser posible sin la necesidad de usar posteriormente medicamentos inmunosupresores con el fin de que el organismo del paciente no rechace el órgano o tejido donado.


Según informa la publicación Lancet la paciente está en perfecto estado a cinco meses de la intervención quirúrgica.


Expertos europeos aseveran que este tipo de procedimientos pueden llegar a ser cotidianos en el futuro.




Fuente: BBC Ciencia



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Lector prensa

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El mercenario de Granada

   ♦       Sección:   HISTORIA       ♦  


[foto de la noticia]


A


ño 1487. Los ejércitos del rey Fernando inician la reconquista. Se avecina la caída de Granada, donde 100.000 almas disfrutan de sabiduría y bienestar. JUAN ESLAVA GALÁN recrea en su última novela la vida diaria de la capital nazarí, cuna de artesanos y científicos, repleta de zocos, palacios, jardines y bibliotecas.

PREPUBLICACIÓN | LA DEBACLE DE UN PARAÍSO

La vega de Granada se extendía como un manto de brocado verde con las arboledas de cipreses, higueras, olivos y frutales pespunteando lindes y acequias. Como dispersos por la mano de un sembrador, negras norias y blancas almunias alegraban el paisaje. Los hortelanos preparaban las sementeras de la primavera. El agua de los surcos y las regueras espejeaba al sol. Al fondo como una cinta rojiza aparecían las murallas de Granada. Detrás de ellas, los tejados rojos y las azoteas blancas de las mezquitas y los palacios. La Alhambra se recortaba sobre la blancura deslumbradora de la Sierra Nevada.

–¡Granada! –exclamó Orbán–. En Oriente dicen que hay tres ciudades en el mundo: Estambul, Jerusalén y Granada.

Siguieron el camino que conducía a la puerta de Elvira, entre dos tapias que delimitaban, a uno y otro lado, un gran cementerio. La medina se extendía por el llano y por el monte Albaicín.

Desde su residencia, aquella tarde, Orbán e Isabel admiraron la belleza de la ciudad que se extendía a sus pies.

Poco después apareció Alí el Cojo con una cestilla de buñuelos calientes. Mientras desayunaban contemplaron el avance de la luz sobre la colina de la Alhambra, a medida que el sol remontaba.

–La perla de Al-Andalus –dijo Alí el Cojo–. Para algunos, la ciudad más bella del mundo. El paraíso en la tierra: la ciudad rodeada de fértiles vegas en las que manan cien fuentes. Dos ríos importantes la recorren, el Darro, de arenas auríferas y el Genil cuyas aguas endulzan los membrillos y las granadas. En la ciudad viven más de cien mil criaturas: artesanos, hombres de ciencia, caballeros peritos en la guerra. Hay cuatro cercas que delimitan cuatro ciudades y doce barrios, cada uno con su zoco y su mezquita mayor, con sus baños, sus fondas y sus hornos públicos, sin contar los palacios y las casas de ciudadanos pudientes que tienen también baños y jardines, doce puentes sobre el río Darro, ocho sobre el Genil.

Orbán e Isabel miraban aquel esplendor.

–Allí el cementerio de la Sabika –señalaba Alí el Cojo–, el valle de Nachd y las alturas de al Faharin, que terminan en el río Genil; aquella es la alcazaba de los judíos y la medina, aquellas las cúpulas de la mezquita mayor, las de más allá, pespunteadas de lumbreras en forma de estrella, son las de los baños de Sautar; los tejadillos parejos son los de la madrasa, donde los maestros esparcen las perlas del conocimiento, y la alcaicería, cruzando el Darro con sus puentes, la posada de al Jadida; a la derecha, la alcazaba antigua, al otro lado del valle del Darro.

Orbán levantó la mirada hacia los muros rojos de la Alhambra, tan inaccesibles como si colgaran del cielo. –Allá arriba, en las torres del mexuar se supone que manda Boabdil el desventurado –prosiguió Alí el Cojo–, pero eso es una mera ilusión. La que manda es su madre, Aixa la Horra. Desde su palacio del Albaicín, Aixa abarca la Alhambra, envía y recibe correos, visita a su hijo o a su nuera. Su nuera, una pobre mujer flaca de espíritu, es hija del fiero Aliatar, pero no ha heredado la fiereza de su padre. Algunos viajeros discuten si Granada es más bella que Constantinopla ¿Qué te parece a ti, que conoces las dos?

[foto de la noticia]

Ilustraciones Gaspar Meana

–Cada ciudad tiene su gracia –respondió Orbán evasivo–. Pero me parecen las dos igualmente sublimes.

Los juglares cantaban las hazañas de los campeones del islam y hablaban de cabezas infieles cortadas, de escuadrones de cristianos puestos en fuga por un solo adalid, de hazañas difíciles de creer que entusiasmaban a las entregadas audiencias de los zocos y mercados. Muchos jovenzuelos, fascinados por los relatos militares, ingresaban como muhaidines deseosos de algún destino fronterizo desde el que contribuir a la derrota de los cristianos.

Otros informantes más cautos, los trajinantes, traían noticias menos optimistas y hablaban de razzias y espolonadas de don Alonso de Aguilar y del alcalde de los Donceles, caudillos temidos que asolaban la tierra y cautivaban pueblos enteros.

Pero ya corrían otros tiempos. Granada estaba atestada de refugiados que lo habían perdido todo, muchos de ellos partidarios de El Zagal que consideraban a Boabdil un traidor vendido a Fernando. Los muhaidines, exasperados por las derrotas y fanatizados por las predicaciones de los alfaquíes abarrotaban calles y plazas sin otro menester que rezar cinco veces al día, rivalizando por presentar el mayor callo en la frente. El resto del tiempo murmuraban contra el gobierno.

Así llegó el verano. Fernando e Isabel atendían al gobierno de sus estados y no tenían prevista una nueva campaña. En Granada, las decenas de miles de refugiados a los que los cristianos habían expulsado de sus tierras se sumaban a los halcones que deseaban derrotar a los cristianos y recuperar lo perdido.

–No aguardemos a que los cristianos reaccionen. Ahora están exhaustos este es el momento de atacarlos–, señalaba el Zegrí.

Lo mismo opinaban Al Hakim, Abul Hasán, Abu Zalí y otros capitanes de la frontera, hombres belicosos que se sentían humillados por las armas cristianas. Boabdil cedió a tantas presiones y permitió que sus capitanes atacaran varias fortalezas fronterizas. Los campeones competían entre ellos arrasando alquerías y castillos cristianos, cautivando rebaños y campesinos, masacrando guarniciones. Regresaban triunfantes a Granada, los guerreros exhibiendo cabezas ensartadas en lanzas o collares de orejas enemigas. El pueblo los aclamaba entusiasmado, roncas las mujeres de ulular. Boabdil los recibía en la Alhambra y los colmaba de regalos. El mensaje estaba claro. Granada y Castilla estaban en guerra. Fernando declaró felón a su vasallo Boabdil y se lo notificó en un pergamino con sus sellos.

Desde las murallas se divisaban las polvaredas de la caballería y los escuadrones de peones cristianos. Mientras los almogávares y los adalides recorrían el territorio y saqueaban las almunias, los cavadores y vivanderos instalaban el real en los Ojos de Huécar, en El Gozco, a una legua de Granada, en medio de la vega. Brillaban a lo lejos, en la oscuridad de la vega, docenas de puntos de luz, las hogueras cristianas. Desde las almenas y azoteas de Granada la población contemplaba fascinada aquel ilusorio firmamento que, de pronto, rodeaba su ciudad. Las hogueras se extendían hasta el horizonte, como si una gran urbe hubiera crecido de pronto donde unas horas antes sólo había surcos y sembrados. La tristeza se alojó en los corazones de los más prudentes junto con la certeza de que aquello prefiguraba el final de Granada.

Mientras el consejo del reino deliberaba en el mexuar, Mohamed el Pequenni, el alfaquí, ascendió penosamente las pinos peldaños de la angosta escalera de caracol que conducía a la azotea del minarete de la mezquita mayor, el punto más alto de la medina.

De pronto el Pequenni fue consciente de que probablemente aquella era la la última vez que subía aquella escalera y la última vez que dirigía los rezos en la mezquita de cinco naves donde los musulmanes granadinos habían elevado sus preces mirando a la Meca durante varios siglos.

–¡Todo comienza y todo acaba, por voluntad de Alá! –murmuró.

Terminó la ascensión y salió al balcón circular que coronaba el minarete. Allá arriba soplaba un viento frío procedente de las nieves. El muecín contempló la hermosa vista de Granada, el panorama de rojos tejados y verdes cármenes que se divisaba desde aquella altura. En el aire helado respiró los aromas de la ciudad confundidos con los de la vega, olor a agua regando verdores, a humo de asadores de castañas, a otoño.

–En el nombre de Alá, el clemente, el misericordioso... –murmuró para sí. Tosió para aclararse la voz. Para él Granada era el centro del mundo y desde luego el centro del islam. En la biblioteca de la mezquita tenía cuando podía desear, mejor que si estuviera en Fez o El Cairo o Bagdad. Y ahora todo podía perderse, todo iba a perderse, por el signo aciago de los tiempos. Fernando le había prometido a Boabdil un ducado en una reserva musulmana en las Alpujarras, pero ahora que Boabdil vulneraba el compromiso, Fernando se consideraría eximido de cumplir los acuerdos. ¿Qué porvenir les esperaba a los vencidos? ¿Regresar a África, al desierto pedregoso del que salieron sus padres, los conquistadores de Al-Andalus, veinte generaciones atrás? Mohamed el Pequenni conocía lo que era el Magreb, la vida, primitiva; la tierra, pobre; los caminos, inciertos; las ciudades, polvorientas; el gobierno, tiránico; tapias derruidas con cuadrillas de vagos malencarados vegetando a la sombra. Él, acostumbrado a las comodidades y a las bellezas de Granada, no se acomodaría a vivir allí la enfadosa vejez. ¿Quedarse en Granada? Quizá en la corte de Fernando hubiera un resquicio para él, de secretario de cartas árabes, de trujamán, de calígrafo. Envidió a su padre que nació y murió en la ciudad sin sobresaltos, dedicado a sus libros, consultado por los gobernantes, respetado por el pueblo. Alá le deparaba a él estos tiempos tan turbios. Sea su voluntad.

Y Granada cayó. El 2 de enero ondearon los pendones de Castilla en la torre mayor de la Alambra.

–Los cristianos se han quedado con cuanto había de valor, pero de las personas no abusan –explicó Jándula–. Fernando ha pregonado castigos para el que agreda a un musulmán. Ahorcan a los soldados borrachos y a los violadores. Parece que todo eso lo tenían acordado secretamente con Aben Comixa y con el visir. No obstante, la gente se fía poco de ellos y teme que después de la euforia del triunfo reconsideren la situación y exijan más. Por lo pronto los ricos y todo el que tenía algo ha hecho el petate y se ha ido. Los caminos están llenos de fugitivos. Unos van a África y otros a las Alpujarras. Los abencerrajes y los notables se han quedado en Granada, con sus casas y sus cuadras intactas. Muchos se convierten al cristianismo y los reyes les confirman sus bienes y sus fincas. A otros les dan heredamientos para compensar las villas y las prebendas que pierden. Al final todo fue un enjuague: vendieron Granada a los cristianos y el único que ha perdido es el pueblo. ¿Recuerdas la multitud de muhaidines deseosos de alcanzar el martirio? Pues se ha evaporado como el rocío matinal cuando sale el sol.

«El mercenario de Granada» (Ed. Planeta), de Juan Eslava Galán, sale a la venta el próximo martes 27 de marzo. Precio, 20 e.

[Fuente: Mis recopilaciones ]

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Rey del Spam es hallado muerto

   ♦       Sección:   INTERNET       ♦  


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E

l prófugo Edward "Eddie" Davidson, conocido como el "rey del spam", su mujer y su hija fueron hallados muertos, y la policía baraja como hipótesis que él las mató antes de quitarse la vida.


Según las autoridades estadounidenses, los cuerpos de Davidson, su mujer y su hija de tres años aparecieron ayer, jueves, dentro de un vehículo en un camino rural a unos 40 kilómetros de Denver.
 


En el coche se encontraba también un bebé de unos siete meses, que no sufrió daño alguno.

Además, una joven adolescente, con heridas de bala en el cuello, relacionadas al parecer con el mismo caso, llegó consciente a un hospital y pudo relatar los hechos.
De momento, la policía desconoce la relación de la chica y el bebé con el "rey del spam".

Davidson se había fugado este fin de semana en compañía de su esposa de una prisión de baja seguridad en el estado de Colorado, donde cumplía condena por el envío masivo de correos basura a través de su empresa Power Promoters y evasión de impuestos.

Davidson se declaró culpable y el pasado abril fue condenado a 21 meses de prisión y al pago de 714.139 dólares.

Entre 2002 y 2005, su empresa y otras firmas que tenía subcontratadas enviaron miles de correos basura bajo el falso reclamo de relojes y perfumes. Posteriormente continuó con el fraude enviando información financiera desde su casa.

[Fuente: 20minutos ]

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El mercenario de Granada

   ♦       Sección:   HISTORIA       ♦  


[foto de la noticia]


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ño 1487. Los ejércitos del rey Fernando inician la reconquista. Se avecina la caída de Granada, donde 100.000 almas disfrutan de sabiduría y bienestar. JUAN ESLAVA GALÁN recrea en su última novela la vida diaria de la capital nazarí, cuna de artesanos y científicos, repleta de zocos, palacios, jardines y bibliotecas.

PREPUBLICACIÓN | LA DEBACLE DE UN PARAÍSO

La vega de Granada se extendía como un manto de brocado verde con las arboledas de cipreses, higueras, olivos y frutales pespunteando lindes y acequias. Como dispersos por la mano de un sembrador, negras norias y blancas almunias alegraban el paisaje. Los hortelanos preparaban las sementeras de la primavera. El agua de los surcos y las regueras espejeaba al sol. Al fondo como una cinta rojiza aparecían las murallas de Granada. Detrás de ellas, los tejados rojos y las azoteas blancas de las mezquitas y los palacios. La Alhambra se recortaba sobre la blancura deslumbradora de la Sierra Nevada.

–¡Granada! –exclamó Orbán–. En Oriente dicen que hay tres ciudades en el mundo: Estambul, Jerusalén y Granada.

Siguieron el camino que conducía a la puerta de Elvira, entre dos tapias que delimitaban, a uno y otro lado, un gran cementerio. La medina se extendía por el llano y por el monte Albaicín.

Desde su residencia, aquella tarde, Orbán e Isabel admiraron la belleza de la ciudad que se extendía a sus pies.

Poco después apareció Alí el Cojo con una cestilla de buñuelos calientes. Mientras desayunaban contemplaron el avance de la luz sobre la colina de la Alhambra, a medida que el sol remontaba.

–La perla de Al-Andalus –dijo Alí el Cojo–. Para algunos, la ciudad más bella del mundo. El paraíso en la tierra: la ciudad rodeada de fértiles vegas en las que manan cien fuentes. Dos ríos importantes la recorren, el Darro, de arenas auríferas y el Genil cuyas aguas endulzan los membrillos y las granadas. En la ciudad viven más de cien mil criaturas: artesanos, hombres de ciencia, caballeros peritos en la guerra. Hay cuatro cercas que delimitan cuatro ciudades y doce barrios, cada uno con su zoco y su mezquita mayor, con sus baños, sus fondas y sus hornos públicos, sin contar los palacios y las casas de ciudadanos pudientes que tienen también baños y jardines, doce puentes sobre el río Darro, ocho sobre el Genil.

Orbán e Isabel miraban aquel esplendor.

–Allí el cementerio de la Sabika –señalaba Alí el Cojo–, el valle de Nachd y las alturas de al Faharin, que terminan en el río Genil; aquella es la alcazaba de los judíos y la medina, aquellas las cúpulas de la mezquita mayor, las de más allá, pespunteadas de lumbreras en forma de estrella, son las de los baños de Sautar; los tejadillos parejos son los de la madrasa, donde los maestros esparcen las perlas del conocimiento, y la alcaicería, cruzando el Darro con sus puentes, la posada de al Jadida; a la derecha, la alcazaba antigua, al otro lado del valle del Darro.

Orbán levantó la mirada hacia los muros rojos de la Alhambra, tan inaccesibles como si colgaran del cielo. –Allá arriba, en las torres del mexuar se supone que manda Boabdil el desventurado –prosiguió Alí el Cojo–, pero eso es una mera ilusión. La que manda es su madre, Aixa la Horra. Desde su palacio del Albaicín, Aixa abarca la Alhambra, envía y recibe correos, visita a su hijo o a su nuera. Su nuera, una pobre mujer flaca de espíritu, es hija del fiero Aliatar, pero no ha heredado la fiereza de su padre. Algunos viajeros discuten si Granada es más bella que Constantinopla ¿Qué te parece a ti, que conoces las dos?

[foto de la noticia]

Ilustraciones Gaspar Meana

–Cada ciudad tiene su gracia –respondió Orbán evasivo–. Pero me parecen las dos igualmente sublimes.

Los juglares cantaban las hazañas de los campeones del islam y hablaban de cabezas infieles cortadas, de escuadrones de cristianos puestos en fuga por un solo adalid, de hazañas difíciles de creer que entusiasmaban a las entregadas audiencias de los zocos y mercados. Muchos jovenzuelos, fascinados por los relatos militares, ingresaban como muhaidines deseosos de algún destino fronterizo desde el que contribuir a la derrota de los cristianos.

Otros informantes más cautos, los trajinantes, traían noticias menos optimistas y hablaban de razzias y espolonadas de don Alonso de Aguilar y del alcalde de los Donceles, caudillos temidos que asolaban la tierra y cautivaban pueblos enteros.

Pero ya corrían otros tiempos. Granada estaba atestada de refugiados que lo habían perdido todo, muchos de ellos partidarios de El Zagal que consideraban a Boabdil un traidor vendido a Fernando. Los muhaidines, exasperados por las derrotas y fanatizados por las predicaciones de los alfaquíes abarrotaban calles y plazas sin otro menester que rezar cinco veces al día, rivalizando por presentar el mayor callo en la frente. El resto del tiempo murmuraban contra el gobierno.

Así llegó el verano. Fernando e Isabel atendían al gobierno de sus estados y no tenían prevista una nueva campaña. En Granada, las decenas de miles de refugiados a los que los cristianos habían expulsado de sus tierras se sumaban a los halcones que deseaban derrotar a los cristianos y recuperar lo perdido.

–No aguardemos a que los cristianos reaccionen. Ahora están exhaustos este es el momento de atacarlos–, señalaba el Zegrí.

Lo mismo opinaban Al Hakim, Abul Hasán, Abu Zalí y otros capitanes de la frontera, hombres belicosos que se sentían humillados por las armas cristianas. Boabdil cedió a tantas presiones y permitió que sus capitanes atacaran varias fortalezas fronterizas. Los campeones competían entre ellos arrasando alquerías y castillos cristianos, cautivando rebaños y campesinos, masacrando guarniciones. Regresaban triunfantes a Granada, los guerreros exhibiendo cabezas ensartadas en lanzas o collares de orejas enemigas. El pueblo los aclamaba entusiasmado, roncas las mujeres de ulular. Boabdil los recibía en la Alhambra y los colmaba de regalos. El mensaje estaba claro. Granada y Castilla estaban en guerra. Fernando declaró felón a su vasallo Boabdil y se lo notificó en un pergamino con sus sellos.

Desde las murallas se divisaban las polvaredas de la caballería y los escuadrones de peones cristianos. Mientras los almogávares y los adalides recorrían el territorio y saqueaban las almunias, los cavadores y vivanderos instalaban el real en los Ojos de Huécar, en El Gozco, a una legua de Granada, en medio de la vega. Brillaban a lo lejos, en la oscuridad de la vega, docenas de puntos de luz, las hogueras cristianas. Desde las almenas y azoteas de Granada la población contemplaba fascinada aquel ilusorio firmamento que, de pronto, rodeaba su ciudad. Las hogueras se extendían hasta el horizonte, como si una gran urbe hubiera crecido de pronto donde unas horas antes sólo había surcos y sembrados. La tristeza se alojó en los corazones de los más prudentes junto con la certeza de que aquello prefiguraba el final de Granada.

Mientras el consejo del reino deliberaba en el mexuar, Mohamed el Pequenni, el alfaquí, ascendió penosamente las pinos peldaños de la angosta escalera de caracol que conducía a la azotea del minarete de la mezquita mayor, el punto más alto de la medina.

De pronto el Pequenni fue consciente de que probablemente aquella era la la última vez que subía aquella escalera y la última vez que dirigía los rezos en la mezquita de cinco naves donde los musulmanes granadinos habían elevado sus preces mirando a la Meca durante varios siglos.

–¡Todo comienza y todo acaba, por voluntad de Alá! –murmuró.

Terminó la ascensión y salió al balcón circular que coronaba el minarete. Allá arriba soplaba un viento frío procedente de las nieves. El muecín contempló la hermosa vista de Granada, el panorama de rojos tejados y verdes cármenes que se divisaba desde aquella altura. En el aire helado respiró los aromas de la ciudad confundidos con los de la vega, olor a agua regando verdores, a humo de asadores de castañas, a otoño.

–En el nombre de Alá, el clemente, el misericordioso... –murmuró para sí. Tosió para aclararse la voz. Para él Granada era el centro del mundo y desde luego el centro del islam. En la biblioteca de la mezquita tenía cuando podía desear, mejor que si estuviera en Fez o El Cairo o Bagdad. Y ahora todo podía perderse, todo iba a perderse, por el signo aciago de los tiempos. Fernando le había prometido a Boabdil un ducado en una reserva musulmana en las Alpujarras, pero ahora que Boabdil vulneraba el compromiso, Fernando se consideraría eximido de cumplir los acuerdos. ¿Qué porvenir les esperaba a los vencidos? ¿Regresar a África, al desierto pedregoso del que salieron sus padres, los conquistadores de Al-Andalus, veinte generaciones atrás? Mohamed el Pequenni conocía lo que era el Magreb, la vida, primitiva; la tierra, pobre; los caminos, inciertos; las ciudades, polvorientas; el gobierno, tiránico; tapias derruidas con cuadrillas de vagos malencarados vegetando a la sombra. Él, acostumbrado a las comodidades y a las bellezas de Granada, no se acomodaría a vivir allí la enfadosa vejez. ¿Quedarse en Granada? Quizá en la corte de Fernando hubiera un resquicio para él, de secretario de cartas árabes, de trujamán, de calígrafo. Envidió a su padre que nació y murió en la ciudad sin sobresaltos, dedicado a sus libros, consultado por los gobernantes, respetado por el pueblo. Alá le deparaba a él estos tiempos tan turbios. Sea su voluntad.

Y Granada cayó. El 2 de enero ondearon los pendones de Castilla en la torre mayor de la Alambra.

–Los cristianos se han quedado con cuanto había de valor, pero de las personas no abusan –explicó Jándula–. Fernando ha pregonado castigos para el que agreda a un musulmán. Ahorcan a los soldados borrachos y a los violadores. Parece que todo eso lo tenían acordado secretamente con Aben Comixa y con el visir. No obstante, la gente se fía poco de ellos y teme que después de la euforia del triunfo reconsideren la situación y exijan más. Por lo pronto los ricos y todo el que tenía algo ha hecho el petate y se ha ido. Los caminos están llenos de fugitivos. Unos van a África y otros a las Alpujarras. Los abencerrajes y los notables se han quedado en Granada, con sus casas y sus cuadras intactas. Muchos se convierten al cristianismo y los reyes les confirman sus bienes y sus fincas. A otros les dan heredamientos para compensar las villas y las prebendas que pierden. Al final todo fue un enjuague: vendieron Granada a los cristianos y el único que ha perdido es el pueblo. ¿Recuerdas la multitud de muhaidines deseosos de alcanzar el martirio? Pues se ha evaporado como el rocío matinal cuando sale el sol.

«El mercenario de Granada» (Ed. Planeta), de Juan Eslava Galán, sale a la venta el próximo martes 27 de marzo. Precio, 20 e.

[Fuente: Mis recopilaciones ]

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El 11-S. Fotos casi inéditas (y V)

   ♦       Sección:   FOTOIMPACTOS     ♦  


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errorismo en Nueva York, el 11-S.

  

[Fuente: Pedro Benítez González]

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Aquellos primeros anuncios

   ♦       Sección:   CURIOSIDADES       ♦  


  ¡Qué tiempos! Tras la derrota del nazismo, las chicas “topolino” se convirtieron en el reflejo edulcorado.machismo. Incluso en los inocentes anuncios sobre remedios para el dolor de cabeza se transmite un mensaje que hoy resultaría inaceptable: la familia siempre supeditada al padre.

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ué tiempos! Tras la derrota del nazismo, las chicas “topolino” se convirtieron en el reflejo edulcorado.machismo. Incluso en los inocentes anuncios sobre remedios para el dolor de cabeza se transmite un mensaje que hoy resultaría inaceptable: la familia siempre supeditada al padre.

    

EL ÁLBUM

Describen cómo éramos, qué ambicionábamos y todo aquello de lo que carecíamos. Pero también tuvieron una misión propagandística y sexista, tal y como recuerda ahora una exposición. El franquismo utilizó la publicidad de los años 40 y 50 para «educar» en los principios del régimen.

Una superestructura de himnos y homilías se cernía sobre la penuria de los 40 como una nube. El luto, el frío y el hambre se anestesiaban con la cínica comicidad de las variedades, los sermones del padre Venancio Marcos, El Coyote de Mallorquí, las coplas de Concha Piquer o las zambras cachondas que Manolo Caracol le cantaba a una gitana adolescente. La propaganda política ocultaba la miseria bajo la alfombra de la censura y la publicidad era su prolongación; los anuncios incorporaban y multiplicaban los lemas de la dictadura. Susana Sueiro, comisaria de la exposición La sociedad española de los años 40 y 50 a través de la publicidad, ha documentado que «el manejo de la fraseología de los vencedores por parte de las casas comerciales fue habitual en los primeros años del franquismo».

Era un tiempo esquizoide en el que la cartilla de racionamiento convivía con una megalomanía delirante: «Como en España ni hablá / y eso lo digo en la China y en Madagascá», cantaba Miguel Ligero. Tal vez pensara en las herrumbrosas lanzas del Imperio. Un vino de González Byass se llamaba Imperial Toledo, vino de héroes; la agencia de publicidad que creó muchos de los anuncios de la época se llamaba también Imperio, como algunas marcas de corsetería, zapatos o tintes, que eran el eco publicitario de una propaganda ubicua: «Por el Imperio hacia Dios». El Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona convocó a multitudes devotas, entregadas a confesiones y comuniones, adoraciones, consagraciones y viáticos en un desvarío clerical que los más descreídos bautizaron como «la Olimpiada de la Hostia». Era una España ensotanada o marcial, grandilocuente y famélica, pero no abstemia. El anís Viva España competía con el Bandera Española. Para engañar el hambre y espantar la pena la gente se daba a la bebida. Mezclados, el coñac y el anís daban el sol y sombra, cóctel patrio. En un país escindido entre vencedores y vencidos, el sol y sombra proponía la concordia. El coñac exaltaba viejas glorias (Lepanto, Cardenal Mendoza, Carlos Primero, Duque de Alba, Gran Capitán), mientras el anís reivindicaba el terruño (Chinchón, Ojén, La Asturiana, La Castellana).

Años 50. España salía de la penuria y la cartilla de racionamiento se suprimió en 1952. Los aliados de EEUU comenzamos a imitar su estilo de vida y aparecen nuevos productos de consumo.

Años 50.

España salía de la penuria y la cartilla de racionamiento se suprimió en 1952. Los aliados de EEUU comenzamos a imitar su estilo de vida y aparecen nuevos productos de consumo.

La publicidad decía que beber alcohol era estupendo para sentirse bien y el tabaco proponía una embriaguez seca. Una cajetilla de rubio americano costaba en los años 40 cinco pesetas en el mercado negro, cuando un periódico costaba 15 céntimos. Los protagonistas de la publicidad son flechas y pelayos, militares o burgueses engominados que lo mismo anuncian polvos de talco que flanes, achicoria o malta. Tiempo de sucedáneos. Y de parásitos: en una sola página de un diario podían coincidir anuncios contra la tiña, los eczemas, los forúnculos y otras supuraciones.

También era frecuente cruzarse con mutilados y los productos ortopédicos se anunciaban profusamente, como la famosa «pierna artificial Ortoprot, enteramente nacional». La miseria empujó a legiones de mujeres a las esquinas o a los burdeles y las venéreas causaron estragos. En 1940, en un anuncio de Aceite Inglés con el lema «todos saben para lo que es», aparecía una gran flecha que señalaba a un bicho con aspecto de ladilla.

Salud pública. La falta de higiene convirtió la salud en tema estrella de los anuncios.

Salud pública.

La falta de higiene convirtió la salud en tema estrella de los anuncios.

La lujuria se combatía con homilías en los púlpitos, admoniciones en el confesionario y la vuelta a los corsés, corpiños, calzones, pololos y ballenas en una apoteosis de la disuasión. A los hombres, sin embargo, las hojas de afeitar y la brillantina les aseguraban el derecho a ser un Clark Gable de 1,58 (la talla media de los varones) los domingos y fiestas de guardar.

Epidemia de tifus. A juzgar por la cantidad de anuncios de antiparasitarios para exterminar ratas, chinches o cucarachas, el país parecía el paraíso de las liendres y el piojo verde, que anidaba en las ropas y provocó una grave epidemia de tifus exantemático. No hubo tratamiento eficaz hasta la llegada del DDT: «DDT Chas, DDT Chas, no hay quien te aguante, tú como el gas, la muertes das, en un instante». Era una España en la que era fácil morir y un milagro sobrevivir sin reconstituyentes como el Fósforo Ferrero, que servía también para las alteraciones nerviosas. No faltaban motivos para estar de los nervios, porque el salario era escaso, los recuerdos traumáticos, la libertad condicional y la dieta o azarosa o rutinaria, falta de fibra y escasamente digestiva, de ahí tanto anuncio de purgantes y laxantes que, a falta de otra cosa, se anunciaban también como postre o golosina. La lista es larga: Rodher, Yer, Laxante Salud, Laxibero...

una gran responsabilidad... En los 40, la altura media de los varones era de 1,58 m. Tener hijos sanos era un deber y se bombardeaba a las madres con harinas milagrosas, eso sí, nacionales.

una gran responsabilidad...

En los 40, la altura media de los varones era de 1,58 m. Tener hijos sanos era un deber y se bombardeaba a las madres con harinas milagrosas, eso sí, nacionales.

La Guerra Fría le vino bien al franquismo, se reivindicó como centinela de Occidente y los americanos nos trajeron chicle, salsa de tomate que llamaban ketchup y tubos fluorescentes. Las cafeterías empezaron a llamarse California o Nebraska y el novelista popular Alfredo Manzanares firmaba como Alf Manz. También llegaron el far-west y los anuncios de líneas aéreas. Ser español era en los 40 y 50 una tragedia camuflada entre anuncios.

La exposición «La sociedad española de los años 40 y 50 a través de la publicidad» estará abierta desde el 16 de abril hasta el 20 de mayo en el Círculo de Bellas Artes, en Madrid.

Contra la tos... Las restricciones en el suministro eléctrico y la dureza de la intemperie producían tosferina, anginas y ronquera.

Contra la tos...

Las restricciones en el suministro eléctrico y la dureza de la intemperie producían tosferina, anginas y ronquera.

  • ¡Qué tiempos! Tras la derrota del nazismo, las chicas «topolino» se convirtieron en el reflejo edulcorado de un régimen que empezaba a renegar de la autarquía y del delirio imperial para abrirse al mundo. Tras la llegada de Eisenhower en 1959, llegaron también los primeros electrodomésticos, fundamentalmente lavadoras, tal y como se comprueba en los dos anuncios de la página anterior. Eso sí, los «buenos libros» sólo eran los religiosos, los que biografiaban a Franco o los que denostaban el comunismo y defendían la Hispanidad.
  • Machismo. Incluso en los inocentes anuncios sobre remedios para el dolor de cabeza se transmite un mensaje que hoy resultaría inaceptable: la familia siempre estará supeditada a las necesidades del padre.
  • ¿Genialidad? La exaltación del genio hispano promovió todo tipo de inventos, aunque algunos de ellos parecían inspirados en el TBO. Como este casco para motoristas con luces incorporadas.
  • Salud pública. La falta de higiene convirtió la salud en tema estrella de los anuncios. Decenas de productos competían por hacerse con el favor del público. Otros denostaban el inocente chupete.
  • Una gran responsabilidad... En los 40, la altura media de los varones era de 1,58 m. Tener hijos sanos era un deber y se bombardeaba a las madres con harinas milagrosas, eso sí, nacionales.
  • Contra la tos... Las restricciones en el suministro eléctrico y la dureza de la intemperie producían tosferina, anginas y ronquera. Así que para evitar resfriados, nada mejor que las pastillas Koki...
  • Años 50. España salía de la penuria y la cartilla de racionamiento se suprimió en 1952. Los aliados de EEUU comenzamos a imitar su estilo de vida y aparecen nuevos productos de consumo.
  • Nacionalismo. El culto a lo español lo inundaba todo. Así que incluso para vender dentífricos se recurría a la bandera española o a algo tan nuestro como la Giralda de Sevilla. Puro orgullo nacional.
  • Publicidad institucional. Aunque la huelga era un delito de sedición, los conflictos laborales provocados por los bajos salarios animaron al régimen a aprobar algunas reivindicaciones obreras.
  • Alcohol. España pasaba hambre, pero no era abstemia. La publicidad decía que el alcohol era estupendo para sentirse bien y beber era más barato que comer. El anís era una de las bebidas preferidas.

     Por Gonzalo Ugidos

  • [Fuente: elmundo.es ]

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